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Las aventuras y desventuras de Facundo Padrón en una isla verde

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Por Luciano Eutimio Armas Morales

Dedicado a Facundo y María, y a sus hijos Fermín, Teresa e Ismael.

Facundo Padrón Hernández era un vecino muy apreciado en su pueblo en el que era objeto de esa insana envidia tan frecuente en aquellos lugares, ya que si bien no era especialmente rico, sí es cierto que él y su familia vivían desahogadamente con el producto de las rentas de sus propiedades y negocios.

Había estado unos años en Venezuela donde le había favorecido la estrella de la fortuna, y tuvo además la suerte de liquidar sus negocios en la octava isla y regresar a su terruño cuando el cambio del bolívar aún era de 4,30 por dólar, lo que le permitió invertir en unos terrenos en el Matorral que en principio preparó y dedicó al cultivo del plátano, y posteriormente reconvirtió en cultivos de piña tropical.

Pero el verdadero negocio de Facundo no era la agricultura, aunque ciertamente le reportaba algunas rentas, sino los negocios relacionados con el turismo. Aunque procedía de familia de agricultores y ganaderos, tuvo la percepción de que la agricultura tendría cada vez más dificultades, ante la competencia desleal de algunos países productores con costes laborales más bajos, las dificultades del transporte y comercialización de la producción de pequeñas explotaciones así como las ventajas fiscales de los importadores.

Tuvo este visionario paisano además, la suerte de heredar un hermosa finca de fértiles tierras con abundante vegetación, orientada hacia el sur-oeste, soleada y con relajantes vistas al paisaje circundante desde el monte hasta el mar. De esa finca vivían varias familias cuando él era pequeño, ya que sus padres tenían medianeros que se ocupaban tanto del cuidado del ganado, pues llegaron a tener una veintena de vacas, además de cabras, ovejas, cochinos, gallinas y algunos burros, así como de las plantaciones de papas, millo, habas, calabazas, viñas, higueras y otros frutales.

Con el tiempo, y después de que Facundo marchara a Venezuela y su hermana se casara con un militar y se fue a vivir a Cartagena, la Gran Hacienda, como llamaban a aquella magnífica finca, entró en proceso de decadencia y abandono. Los medianeros comenzaron a abandonar la esclavitud de ese incierto trabajo en el campo, buscando otros trabajos más sosegados y seguros, como empleado en alguna administración pública, y en otros casos, tratando de mejorar horizontes y pensando en la formación y el futuro de sus hijos, emigraron algunos a Tenerife o a Las Palmas a trabajar con un taxi o en un bar.

Cuando Facundo regresó de su peripecia migratoria con abundante plata, sus padres ya eran mayores y la Gran Hacienda estaba irreconocible: Las cuadras vacías de animales y con los techos caídos; las veredas llenas de zarza y maleza; los huertos que otros tiempos lucían con las espigadas piñas de millo y las papas, se veían ahora llenos de tederas, hinojos y tagarninas; la viña abandonada, y hasta las higueras esbeltas de otros tiempos, se veían abatidas, sin limpiar y con hijos a ras del suelo.

Los palmeros habían comenzado el cultivo de plátanos en el matorral de El Golfo, y pensó Facundo con buen criterio, que le resultaría más rentable invertir en unas fanegadas de plataneras en el valle, que tratar de resucitar su Gran Hacienda. Y así lo hizo, aunque no pensaba poner todos los huevos en la misma cesta, por lo que dejó aparcados una parte de sus ahorros. Las plataneras le producían una buena renta, pero un año de esos le dijo su mujer: “Oye Facundo, ¿Por qué no cogemos unas vacaciones y nos vamos una semana con los niños a una Playa de Gran Canaria, que dicen que son tan bonitas?”.

La semana de vacaciones de Facundo en Maspalomas le permitió descubrir otras posibilidades de negocio que no había explorado: Ver los hoteles a tope, llenos de alemanes, ingleses y nórdicos, así como todos los negocios que surgían a la sombra de esa riada humana que llegaba ansiosa a disfrutar de nuestro clima, nuestras playas, nuestro sol, nuestros paisajes, nuestra gastronomía y nuestra tranquilidad. Pudo observar los restaurantes, los bazares, los taxis, las agencias de viajes organizando excursiones por mar y por tierra, y todo tipo de negocios que florecían al calor de esta marea de turistas que llegaban y salían continuamente por el aeropuerto de Gando. “¡Esto es más negocio que las plataneras!”, pensó Facundo Padrón.

Con indudable visión de futuro, centró sus esfuerzos e inversiones en el sector servicios, pues si bien en la agricultura había que comprar el agua como primer recurso, el turismo que llegaba a estas latitudes procedentes del frio y obscuro norte, demandaban sobre todo unos recursos que no había que comprar porque esta tierra los ofrecía gratuitamente: el sol, el clima, la tranquilidad y el paisaje. ¡Ese es el verdadero negocio! pensó Facundo, ¡Vender algo que no cuesta nada!

Su hijo Fermín, que con frecuencia venía a la Isla a pasar unos días en La Gran Hacienda con su pareja, una guía turística Suiza, se sintió entusiasmado con la idea de su padre: Convertir la casona y la finca en un hotel de lujo. Y fue así, como pasados unos cinco años, aquella vieja casona se acondicionó como restaurante y pequeño museo, y a su lado se levantó imponente un lujoso hotel escalonado en el terreno, con amplias y ajardinadas terrazas orientadas a la puesta del sol. Las construcciones modernas de una o dos plantas con todo el confort al gusto de los clientes más exigentes, estaban rodeadas de estanques, jardines y senderos entre una frondosa vegetación donde revoloteaban las aves, que invitaban a largas caminatas marcadas con setos de romeros.

Los clientes que disfrutaban de estancias en las cuatro suites y ochenta habitaciones del Hotel “Parque de Ventejis”, reiteradamente calificaban al hotel como muy excelente en el portal de TripAdvisor, lo que le permitió ganar un prestigio que le producía frecuentes overbooking y una ocupación media del noventa por ciento. ¡Facundo Padrón había convertido la abandonada finca y la vieja casona, en un magnífico y codiciado hotel que se disputaban todos los touroperadores! Aquellas lujosas habitaciones, rodeadas de naturaleza, con vistas al mar y la montaña, los pájaros y los mirlos saltando entre las ramas, un esmerado servicio y una cuidada gastronomía, formaba parte de lo que algunos clientes definían como un auténtico paraíso, que justificaba lo elevado de los precios de las habitaciones.

El Hotel, que estaba gestionado con gran éxito por su hijo Fermín desde que el fundador se jubiló, era un gran negocio del que dependían directamente veintidós familias. Pero un día se presentó en la Gran Hacienda Ismael, el hermano menor de Fermín, que había estudiado Filología Inglesa, y después de una vida bohemia por diversos países de Europa y alguna aventura empresarial fracasada, como una empresa para alquilar tablas de surf en Tarifa (Cádiz), había recalado de nuevo en su Isla, y como suele decirse, con lo puesto.

Para completar el cuadro, al poco tiempo recaló también la hermana Teresa con su pareja, quince años más joven que ella. Era la hermana de en medio, que tras separarse de su esposo y dejar a sus dos hijos bajo la custodia del mismo en Tenerife, se había establecido con su pareja en Marraquech donde había trabajado en diversas actividades relacionadas con el turismo y el alquiler de jaimas, pero que regresó a la Isla, también con lo puesto.

El panorama de un hermano que gestionaba con gran éxito empresarial un hotel que en realidad era del padre, y dos hermanos que regresaban y se encontraban en paro, no podía mantenerse estable por mucho tiempo, máxime cuando Fermín y Teresa pretendía su parte de aquella tarta. Por eso el viejo Facundo les ofreció que se integraran en el negocio del Hotel, pero cuya dirección debía seguir llevando Fermín, que estaba realizando una gestión brillante.

Pero los dos hermanos pródigos no estaban de acuerdo. Dijeron que la finca era muy grande. Que había espacio para todos, y que ellos querían montar su propio negocio. Que una nueva Ley sobre el territorio, creada según decían para propiciar la creación de puestos de trabajo, permitiría otras actuaciones. Fermín tenía la idea de montar un pequeño camping en la parte más baja de la finca, ocupada por viñedos e higueras. “¿Te imaginas a un cliente, que sale de la tienda de campaña, estira la mano y coge higos de la higuera?”, decía con sorna. Y Teresa, para no ser menos, quería montar unas casetas prefabricadas en madera imitando una especia de jaimas, en medio de la vegetación más frondosa, y separadas unas de otras por setos y arbustos. “¡Hay espacio y turismo para todos!”, decían al unísono.

El viejo Facundo, resignado, no se atrevió a contradecir a sus hijos, aunque no veía clara la propuesta.

Uno años más tarde, los clientes del Hotel “Parque de Ventejis” podían seguir disfrutando del sol que, de momento, continuaba siendo gratuito, pero ya no disfrutaban tanto del paisaje, de la tranquilidad, y ni siquiera de los aromas de las plantas de La Gran Hacienda.

El camping construido por Fermín mantenía una clientela estable, pero había provocado la ocupación de una parte de la finca con sus instalaciones y la destrucción simultánea de los jardines que antes formaban parte del Hotel. Además, tenían problemas añadidos de desagües, saneamientos e instalaciones complementarias, provocados también por las casetas prefabricadas que Teresa había montado en la parte alta de la Finca.

La consecuencia de esta nueva situación, es que la finca que fuera en otros tiempos un lugar paradisíaco con un hotel para clientes selectos, se había convertido en un lugar algo masificado, ocupado por clientes de bajo poder adquisitivo en el camping y las casetas de madera, con ruidos, problemas de aparcamientos y malos olores, que ahuyentaron los selectos clientes que venían al Hotel “Parque de Ventejís”.

Este tuvo que entrar en una bajada de precios en cascada para mantener la ocupación, lo que a su vez produjo una merma en la calidad de sus servicios, pero como mantenía una alta estructura de costes fijos, el negocio entró inevitablemente en pérdidas. Un día convocó Facundo a todos sus trabajadores, y consternado, les comunicó el cierre del Hotel. Y todos al paro.

Durante cierto tiempo siguió funcionando el camping y las casetas de madera, pero al cerrar el hotel y no tener un mantenimiento adecuado de la finca, los jardines y los espacios comunes, se fueron degradando y llenando de maleza, y los clientes que antes llenaban estas instalaciones, preferían un camping nuevo que habían abierto en la Costa, o a un poblado aborigen que se había construido en Isora.

Ante el abandono y degradación de toda la finca, con el Hotel, el camping y el negocio cerrados, los hijos propusieron a su padre, que a pesar de sus años y achaques aún conservaba sus facultades, que pusiera en venta la finca y repartiera la herencia.

No era fácil, a pesar de que lo colocaron en todos los portales de venta inmobiliaria, que un inversor adquiriese esa finca y ese hotel deteriorado por el tiempo y el abandono, porque restaurarlo y recuperar su esplendor requería una inversión superior a hacerlo de nuevo, y por otra parte, tampoco resultaba atractivo como finca agrícola, dado que las únicas que resultaban rentables en esos momentos, eran las de regadío en la costa.

Nadie mostraba interés por la finca como inversión agrícola o turística, hasta que una reciente modificación legislativa, promulgada con la intención de reactivar la economía y crear puestos de trabajo, permitiría extraer toda su tierra vegetal para llevarla a otros lugares de la costa, lo que por otra parte, ocasionaría convertir su Gran Hacienda en un páramo sin tierra en el que no crecería ni el tagasaste.

Cuentan algunos que lo vieron ese día, que D. Facundo caminaba con lágrimas en los ojos por la acera de la calle S. Francisco en Valverde delante de sus hijos, después de salir de la Notaría. Acababa de firmar la venta de su querida Gran Hacienda de Ventejís heredada de sus padres, en la que con tantos sacrificios e ilusiones vivió primero su esplendor agrícola, luego su esplendor con un hotel emblemático, y luego su decadencia, para terminar vendiendo su tierra. La tierra de sus padres y de sus abuelos.

Sus hijos habían recogido cada uno un cheque en la Notaría, pero él no quiso saber ni el precio de la venta. Cuando llegó a su casa se sentó en su sillón predilecto en la terraza, con la mirada perdida en el horizonte.

Y así estaba, cuando María, su mujer, le dijo: “La mesa está puesta, Facundo, siéntate a comer”. Pero él le contestó: “Come tú por favor, hoy no tengo apetito”. Y otras lágrimas rodaron por sus mejillas mientras pensaba: “Toda una vida luchando, carajo. Tantos sueños e ilusiones, para que al final tengas que vender tu tierra por tres papeles, que terminan en el bolsillo de tus hijos, porque yo para mí no quería nada…”

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